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Para el prócer e investigador Manuel Gayol Mecías, La Casa del Cerdo constituye una representación “en Imago” |
El oro, cálido, del Hecho Thamacun.
Sumaban seis las contratadas, y otras seis, y así en lo sucesivo. Podía vérseles en la distancia, hacia la zona sur de La Casa, precedidas por una enorme hucha que orientaba a los debutantes. Veinte, treinta minutos… hasta una hora solía durar El Himeneo, los periplos, la ondulante euforia de los cuerpos devastados por la realidad posnatal. Pero resultaba fácil conciliar el sueño sobre ellas: evolucionaban con esa minuciosidad fundacional con la que ciertas aves conciben el nido de sus crías: espuma de mar, alfombra mágica, cielo abierto y hospitalario. El salmón remontando la corriente. Tal como lo quería la marquesa.
Algunas invocaban a Adenauer sin saberlo, en el breve espacio de tiempo que antecedía a la vuelta al himeneo o a lo que llamaban “el tránsito”. Y a ninguna le molestaba el dinero. Sólo soñaban consigo mismas en la proyección hacia el nosotros, hacia el ustedes. Sólo aceptaban la eternidad del sueño, la eternidad del objeto en el que sus sueños se veían reflejados, entregados al Hecho Thamacun.
Luego, casi enseguida, emergían a la realidad, imaginándola. Mientras otro destacamento avanzaba hacia ellas. Mientras veían adelantarse con dulzura, con ardiente resignación, a las elegidas. Ellas mismas avanzando hacia ellas mismas. El cerdo duchándose. El cerdo riéndose por teléfono. La niña, látigo en mano, sobre la vertiginosa ensoñación del puerco.
Sobre el tablero de ajedrez, el cerdo. Era todo lo que les había enseñado la marquesa.
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En su libro Una interpretación alternativa del Primer Éxodo, Any Ferrara afirma que La Casa del Cerdo constituye, por derecho propio, la primera representación del Hecho Thamacun, aun antes de que la pareja conformada por Beatriz de Eugenia y Richard Megan desembarcara en el Reducto, y aun cuando se tratara de una movida física, más allá del acontecimiento interior. Cronistas, investigadores de renombre y escritores posnacionales como Loyola Moore, Joaquín Gálvez, Velázquez Callejas, Gayol Mecías y Dylan Fernández Diez, han merodeado esta tesis.
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